No me mueve mi Dios para quererte

Cristo crucificado Radio Pampa

No me mueve, mi Dios para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en esa cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido:

Muéveme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor en tal manera

que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

que, aunque cuanto espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Este es quizás el soneto de carácter místico-religioso más conocido de la literatura en español y el período renacentista. Curiosamente es anónimo (aunque no tanto) y se le ha atribuido a diversos autores: Santa Teresa, San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, aunque sospecho que no es de ninguno de ellos, el contenido teológico del poema va a contrapelo del rígido orden religioso eclesiástico del siglo XV; siento en su lugar que dicho poema tiene un contenido más laico y reflexivo, más acorde con el espíritu reformista que ya se comenzaba a manifestar en Europa, comenzando con Erasmo (aunque fallido) y culminando con Lutero.

Pero examinemos el soneto. Perfectamente construido con versos endecasílabos (11 versos) y rima perfecta (abab-abab-cdc-cdc) escaso en adjetivación y muy rítmico gracias a la reiteración de mueve.

Ese moverse es núcleo de sentido en el poema, y establece una serie de oposiciones. El poema comienza por decir lo que no mueve:

No me mueve, mi Dios para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

No le mueve el cielo ni el infierno, la economía tradicional de la salvación no es suficiente para el autor, ni la promesa eterna del cielo, ni el temible castigo del infierno son disuasivos. Esa economía de la salvación se encontraba en una situación muy especial durante el siglo XV, la Iglesia de Roma imponía una tremenda carga para la gente, la gratuidad de la salvación estaba ausente, el perdón de los pecados debía comprarse mediante indulgencias, quienes tenían los medios económicos podían comprar miles de años de indulgencias para salir más pronto del Purgatorio; quienes no contaban con esos medios económicos, podían luchar en las guerras y cruzadas que la Santa Iglesia libraba contra los infieles. En todo caso, el perdón, la salvación y el tiempo dentro y fuera del purgatorio, eran mercancías que se transaban y negociaban con capital o trabajo como cualquier otra, con el objetivo de alcanzar el Cielo prometido, no ir al Infierno temido y permanecer el menor tiempo posible en el Purgatorio. A nuestro autor no le interesan las promesas y amenazas.

me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en esa cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido:

muéveme tus afrentas y tu muerte.
En el segundo cuarteto el autor nos muestra su intención y motivación para moverse: Jesucristo. Parecería obvio y axiomático decir que el centro del Cristianismo es Jesucristo, pero cuando la motivación está precedida por el control y sostenida por el miedo y la recompensa dicho centro podría perderse. De esta manera el autor parece afirmarse en lo más esencial de su fe que es Jesucristo y restituye lo más esencial de esta.

Y pone el acento en la Cruz, la afrenta y la muerte, el acto sacrificial de Jesucristo que otorga la gracia, el perdón de los pecados y una nueva relación con Dios.

Muéveme al tu amor en tal manera

que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;

que, aunque cuanto espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.
En los tercetos queda claro hacia dónde es movido el autor, se mueve hacia el amor quedando de lado el miedo y la recompensa, la compra del perdón y la sumisa obediencia. El amor y el temor sin cielo y sin infierno se resignifica, el amor no será una motivación interesada, sino una actitud, un seguimiento; por su lado el temor no será el sumiso sometimiento a unas autoridades e instituciones, sino una actitud ante lo incomprensible e inefable.

Este bello soneto, es pues una desafiante declaración ante las instituciones religiosas de su época, y una vuelta hacia la teología más esencial del Cristianismo cuya base está en la gratuidad salvífica y no en las relaciones de compra y venta, de control y recompensa. Y con esto, sin duda también salen muy mal paradas muchas teologías cristianas contemporáneas que ponen su énfasis en la retribución material e interesada de Dios como constatación de su bendición, me refiero a esas teologías de la abundancia, donde un Dios vanidoso concede beneficios económicos y materiales a quienes le adoran con ofrendas económicas.

 

Germán Hernández

 

Siempre hemos publicado este soneto en nuestra página para este  tiempo de Semana Santa, ya que como dice Fr. Ángel Martín:” El lenguaje, renunciando a los afeites del lenguaje figurado, se atiene y acopla, en admirable conjunción, desde la forma recia y musculosa, a la mística desnudez del contenido” y eso nos enamoraba, pero ahora queremos enriquecerla con la participación de Germán Hernández, quien nos da una nueva forma de entenderlo y al mismo tiempo de re-vivificar nuestra fe.