90 años del Padre Edwin Antonio de Jesús Baltodano Guillén

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El día de hoy está cumpliendo 90 años Padre Edwin Baltodano Guillén “Baltica” uno de los sacerdotes con mayor edad en el clero de la Diócesis de Tilarán – Liberia, queremos compartir con ustedes del libro “Veinte grandes personajes de Guanacaste” de Camilo Rodríguez Chaverri Entrevistas y Semblanzas, una entrevista que se le realiza al Padre Baltodano.

 

Padre Edwin Antonio de Jesús Baltodano Guillén

Gran embajador de LiberiaP.-Edwin-Baltodano

Es cura y poeta. La poesía es una forma de religión. Es una religión. Pero él tiene dos religiones. Y aunque Huidobro dice que el poeta es un dios pequeñito, el padre Baltodano tiene su Dios, con ´d` grande. Eso no le quita que sea feliz en festivales de poesía y en encuentros de poetas, que fue donde lo conocí.

El Padre Edwin Antonio de Jesús Baltodano Guillén nació en Liberia, el 13 de junio, el día de San Antonio, de 1926. Hijo de Aristides Baltodano Briceño, quien fue maestro y diputado, así como secretario de la Asamblea Legislativa, y sobrino de Edgardo Baltodano, también maestro, y de Enrique Baltodano, médico. En Guanacaste su familia es legendaria. Su mamá, Belén Guillén Acuña, fue maestra en la Escuela El Carmen de Puntarenas. Su papá fue director de la Escuela de Tilarán.

“Crecí en San José, mejor dicho, en el Valle Central, porque cuando tenía 6 años mis papás se vinieron a vivir primero a Cartago y después a San José, aunque para las vacaciones íbamos a Liberia. En aquel entonces, no había colegio en Liberia. El Instituto de Guanacaste se fundó en 1945. En ese año ya yo estaba en el Seminario Central, donde entré en el año 44.

“Devolvámonos a la escuela. Los dos primeros años los hice en la Escuela Juan Rudín, que era la que quedaba más cerca de mi casa, en el Paseo de los Estudiantes, calle 9, avenidas 6 y 8. Después estuve en la Escuela Buenaventura Corrales, porque al regresar de unas vacaciones no hubo cupo en la otra escuela para ninguno de mis hermanos.

“Estuve en la Buenaventura Corrales de tercer grado a sexto grado. Mi maestra fue la misma que la de Don Beto Cañas, doña Noemí Morales. En aquel entonces, se acostumbraba que una maestra tomaba un grupo de primer grado y lo tenía hasta sexto grado. Cuando doña Noemí dejó el de Don Beto tomó el mío, pero yo me integré a ese grupo en tercer grado.

“Stanley Vallejos Lestón fue compañero mío. Llegó a ser un gran abogado. Estuvo mucho tiempo en la Corte Suprema de Justicia y fue el fundador del Organismo de Investigación Judicial (OIJ). Ya murió. Curiosamente, me tocó asistirlo.

“Luego entré al Liceo de Costa Rica. Entre mis compañeros estaban Eugenio Rodríguez Vega, Alfonso Carro Zúñiga, Roberto Losilla, Isaac Sasso, uno de los Simón de la tienda Simón, abogados como Raúl Sequeira, ingenieros como Eduardo Flores Vargas… De los compañeros quedamos poquitos.

“Desde muy pequeño, yo quería ser sacerdote. Cuando yo estaba preparándome para Primera Comunión, me nació la idea de ser sacerdote. Lo dije desde pequeño. Los compañeros empezaron a vacilarme, pero como yo era firme, en el colegio me respetaban.

“El liceo era anticlerical. Ahora, después de reunirnos tanto tiempo después de haber sido compañeros, dicen que es muy bonito tener un compañero sacerdote”. El miedo de sus papás

“Tengo cosas bien interesantes para contar. Cuando yo empecé a pensar en hacerme sacerdote, mi papá estaba opuesto. Creo que estaba opuesto con razón, en el sentido de que el cura de Liberia había ahorcado los hábitos. Se llamaba el Padre Pedro. Había nacido en un pueblecito catalán.

“Ahorcó los hábitos siendo cura de Liberia, y se quedó en Liberia, a cincuenta varas de la casa cural. Mis papás decían, ´si este muchacho se nos hace cura y después ahorca los hábitos, ¡qué deshonor para la familia!`. “Para los del liceo, ser sacerdote es la peor profesión que puede haber. La verdad es que tengo que decir que mis papás respetaron mi decisión. Un día de Guadalupe, 12 de diciembre, hice mi último examen de bachillerato, en el 43. Cuando saqué el bachillerato, ya había hablado con mi familia, y me dijeron que escogiera lo que quisiera.

“Ya en el Seminario, era compañero del mismo curso de Monseñor Morera; iban adelante Monseñor Troyo, Monseñor Arrieta, Armando Alfaro… Estuve seis años, dos años de Filosofía y cuatro años de Teología. Las clases eran comunes. El curso de Filosofía era una sola clase. Incluso, uno podía entrar al segundo año de filosofía y después hacía el primero. Era un grupo pequeño, de modo que, cuando yo llegué a segundo año, no entró ninguno a primer año, los dos que iban a entrar se fueron al extranjero, y quedamos sólo cuatro alumnos para un curso.

“Cuando estaba seguro de ser bachiller, llevé la carta a Monseñor Juan Vicente Solís Fernández, herediano, cura párroco de San Ramón durante 30 años, después obispo… Era todo un personaje. Incluso fue diputado también siendo cura de San Ramón.

“Hice la solicitud al obispo, pero para presentar esa carta necesitaba el consentimiento de mis padres para entrar al Seminario Mayor. Cuando fui ordenado, mi primer cargo fue el de secretario de Monseñor Solís, en Alajuela. “La razón era muy sencilla: Monseñor Solís se había quedado sin secretario. Tenía que buscarlo. Yo había aprendido a escribir a máquina en el liceo. Daban clases de mecanografía. Me sirvió mucho estando en el seminario. Éramos muy poquitos lo que escribíamos a máquina. Uno que sabía escribir a máquina era el Padre Antonio Troyo Calderón.

“Estuve de secretario dos años y medio, porque en aquel entonces querían enviarme a estudiar. Fui a estudiar a Salamanca. Decidieron que podían enviarme con la suerte de que Monseñor Solís consultó con Monseñor Sanabria, para ver qué me enviaban a estudiar. Tenía el deseo de estudiar catequesis. Como estaba de secretario, decidieron que fuera a estudiar Derecho Canónigo o Canónico. Monseñor Solís recomendó que me mandaran a Salamanca, porque ahí eran expertos en Derecho.

“Me mandaron con una beca. No tuve que pagar matrícula. La beca era para alimentación y estadía. Estuve en el Colegio Hispanoamericano de San Vicente. Por eso, estuve en el año 50, el año 51 y setiembre del año 52 de secretario del obispo. En España, estuve tres años. Estuve dos años en la universidad. Podía haberme quedado otro año. Uno sacaba la licenciatura y se quedaba haciendo una tesis. No quería ser doctor. Con sólo la licenciatura era suficiente, pero a mí lo que me interesaba era estar en una escuela de directores de ejercicios espirituales. Me contestó que sí, pero que estudiara Periodismo, porque él me veía vocación para periodista pues yo escribía en una revista que teníamos en el Seminario.

“El obispo me dijo que estudiara Periodismo o Acción Católica. Traté de ver cómo complacía a mi obispo. Fui a la Escuela de Periodismo. Eran seis años. Pude inscribirme como alumno oyente escogiendo algunas materias.

“Tuve como uno de mis profesores al director del Seminario de Vitoria, Ángel Sukía. Después fue cardenal. Otro de los profesores era un enamorado de San Ignacio de Loyola, e hizo su tesis sobre ejercicios espirituales. Nos dio un curso maravilloso.

“Estuve en España hasta agosto. Después pasé a Nueva York. Quería estudiar inglés. Ya había aprendido francés en Francia, en un curso de verano. Yo he sido bueno para los idiomas porque no me da miedo. Me lanzaba a hablar. Estuve en Nueva York unos meses. Después fui a visitar a una hermana mía. Regresé en enero de 1956. El obispo me nombró coadjutor de Alajuela, con la gran ventaja de que seguí viviendo en la misma casa del obispo. Él ya tenía su secretario, pero seguí viviendo con él”.

 Viaje a sus orígenes

“Estuve de coadjutor de Alajuela hasta que me nombró cura párroco de mi pueblo, Liberia. La razón es que el padre de esa comunidad murió. Se llamaba Fernando González Saborío. Fue en agosto de 1957. “Estuve cuatro años en Liberia. Antes, quiero contar un viaje interesante y anecdótico que hice a mi tierra unos años antes. Me tocó ir a celebrar mi primera misa en Liberia por tierra. Duré dos días. De San José salimos con los seminaristas. Fuimos de San José a Puntarenas en bus, en un viaje de cuatro horas. Dormimos en Puntarenas.

Después tuvimos que madrugar para seguir hacia Liberia. Ya estaba la trocha, estaba recién hecha la trocha. En verano se podía pasar porque el mayor obstáculo era pasar los ríos que no tenían puente. Había que pasar por dentro, por el río. El gran problema fue el río Colorado. Cuando llegamos ahí, no hay paso, pero como no hay problema sin solución, que es mi lema, lo que ocurrió fue que el bus se quedó al otro lado. “Pasamos y al otro lado había un camión. ¿Cómo pasamos? Bueno pasó un jeep, que sí podía esquivar el escollo del río, y en ese jeep íbamos monseñor y yo.

“Pasadas las doce de la noche llegamos a Liberia. Celebré mi primer misa el 29 de diciembre de 1949. Cuando regresé, ya como cura párroco estuve al frente de la parroquia de Liberia desde finales de 1957 hasta noviembre de 1961. Siendo cura párroco, me tocó recibir al nuevo obispo, Monseñor Román Arrieta, que tomó posesión el 12 de octubre de 1961. “El día 13 de octubre, o sea, sólo un día después de haber sido ordenado obispo, me nombró Vicario General de la Diócesis de Tilarán. El Vicario General es el segundo de a bordo.

Yo tenía pensado desde antes ir a hacer un curso del Movimiento Pro Mundo Mejor, en Rocca di Papa, a veintidós kilómetros de Roma. Pensé que no iba a poder ir al curso, pero la Divina Providencia hizo que un padre de El Salvador decidiera venirse para la diócesis de Tilarán, y Monseñor Arrieta me dejó ir al curso porque ese sacerdote salvadoreño pudo suplirme.

“Fui Vicario General de la Diócesis de Tilarán prácticamente todo el tiempo de Monseñor Arrieta, aunque él nombró otro Vicario General, después de que me fui a hacer un curso sobre Pastoral en Quito, Ecuador. Lo hizo para que yo me dedicara a la Pastoral”.

En Colombia y en El Salvador

“Entonces, estuve en 1961 el curso Pro Eclesia, del Movimiento por un mundo mejor, eran tres meses, en Rocca di Papa. El Movimiento por un Mundo Mejor restaba dirigido por el padre Ricardo Lombarda. Me entusiasmó tanto ese curso que le pedí permiso a mi obispo para trabajar en el Movimiento por un Mundo Mejor durante dos años. Entonces, después de muchas cartas, idas y vueltas, regresé aquí. Estuve como dos meses aquí, en Costa Rica.

“Y después me fui a Colombia. Era parte de mi destino trabajar por el Movimiento por un Mundo Mejor. Estuve allá en 1962, desde abril hasta noviembre. De Colombia pasé a El Salvador, para continuar en el Movimiento por un Mundo Mejor. Como cosa específica daba unos cursos de ejercitaciones espirituales. De ahí pasé al curso completo. Estuve en El Salvador hasta 1964, durante dos años. Aunque se trabaja en equipo, primero me tocó alojarme en el Seminario de El Salvador en un lugar que se llama San José de la Montaña. Estaba como rector del Seminario Rutilio Grande, primer mártir de la Guerra Civil de El Salvador. Después de estar con nosotros, decidió trabajar en Aguijares, cerca de San José de la Montaña, y ahí fue asesinado. “Me tocó ser compañero de él en el Seminario Mayor. Estuvimos unos dos meses. Pero después tuve la oportunidad de ser compañero de él, más extensamente en otro curso que se dio en la Ciudad de Guatemala, para los Vicarios de Pastoral de Centroamérica.

“Se dio unos meses antes de que mataran a Rutilio. Cuando salí de El Salvador, regresé a Costa Rica, a mi diócesis. Monseñor Arrieta me nombró en el año 64 cura párroco de Las Juntas de Abangares. Estuve como seis meses. Oficialmente, estuve sólo tres meses. Los otros tres meses tuve que suplir a Monseñor Arrieta o al Padre Morera, que estaban en el Concilio Vaticano Segundo.

“Tilarán es mi otra tierra. Estuve cinco veces distintas en Tilarán. Después de Las Juntas de Abangares y Tilarán, estuve en Nicoya, en el año 65. En enero de ese año, empecé como cura párroco de Nicoya, y estuve en la ciudad colonial durante seis años. Después de Nicoya pasé de nuevo a Tilarán. Todavía estaba oficialmente como Vicario General, pero prácticamente como Coadjutor de Tilarán. Estuve unos meses más. De ahí me fui al curso de Quito, Ecuador, en el año 71, a un curso de Pastoral.

“Cuando regresé, Monseñor Arrieta me nombró Vicario de Pastoral, primero como año y medio. Al mismo tiempo, tuve que suplir al padre Bara, en Hojancha. En 1973, me nombró cura párroco de Puntarenas, y en 1974 pasé otra vez a Tilarán para integrar el equipo de Pastoral de Tilarán, formado por tres padres, Armando Hernández, Fernando Quesada y yo. “Estuvimos trabajando, atendiendo la Pastoral, programando cursos de toda clase para la gente. Estuve en eso hasta 1979. En esos años, el Padre Barrantes estaba en San Isidro de El General y en Buenos Aires. Fue a Puntarenas hasta que formaron la diócesis. Entonces, siendo secretario de Monseñor Solís, fui a Buenos Aires donde él, que fue cura párroco de San Isidro y atendía toda la zona. Ahí conocí de cerca a quien ahora es arzobispo de San José”.

De vuelta por España

“A fines del 87 volví a España, debido a que unos años antes, me habían nombrado parte del Tribunal Eclesiástico de Costa Rica, como uno de los jueces, debido a que había estudiado Derecho Canónico del Primer Código del siglo XVII. Ya se había publicado el nuevo código del 83 y yo tenía que actualizarme en Derecho Matrimonial. Fui a hacer el estudio en la Universidad de Comillas, en Madrid. Fui a recibir el curso del matrimonio. Fue de octubre del 86 al enero del 87. Estuve tres meses en España. “Volví en enero del 87. Estuve un mes en Puntarenas.

Pasé a Tilarán nuevamente, hasta 1990, en enero, porque, acertadamente, tenía allá a mi compañero, Monseñor Morera, y le pedí un año sabático, sin compromiso parroquial, con el fin de ir a actualizarme. “Decía Monseñor Sanabria que uno nunca termina de estudiar. Le pedí ese año para estudiar y para estar con mi familia. Mi familia es enorme. Fuimos once hermanos, pero dos murieron muy pequeñitos. Quedamos nueve, los dos mayores ya fallecieron. Ahora somos siete. “Nunca pensé en dejar el sacerdocio. Cada día estoy más enamorado del ministerio, máxime en estos últimos años. Este enamoramiento es como el vino de las Bodas del Canaán, entre más viejo, mejor.

“El año sabático lo fui a pasar a Zapote. Como no pude conseguir ningún curso que me sirviera, lo que hice fue asistir a las clases de Sagrada Escritura del Seminario Central, las clases del padre Murguía y del padre Sancho. Eso me trajo cola, porque como iba a esas clases, y estaba de rector el Padre Francisco Ulloa, quien había sido compañero mío como Vicario de Pastoral. Habíamos hecho un curso en Antigua, Guatemala. El padre Ulloa encontró que faltaban directores espirituales. “Entré al Seminario con el padre Juan Bautista Quirós. Entré como director espiritual. Así estuve el primer año. El segundo año empecé con otros cargos. Me heredó más de un puesto el padre Ulloa. Como se fue para la Basílica, el padre Villalta me heredó las clases de Pastoral Fundamental, del padre Ulloa, y me pusieron de secretario.

Estuve siete años. “Después presenté mi renuncia, porque era la única forma para que los compañeros entendieran que no podían tener un profesor en una universidad de más de 70 años. Se los había dicho una y otra vez. No me aceptaron la renuncia, sino que me mandaron al introductorio, al nuevo. Fue cuando se estrenó, en La Garita, en Barrio San José de Alajuela, cerca de Manolos. Estuve ahí cuatro años, del 99 al 2002. Entonces, me aceptaron la renuncia porque cumplí los 75 años, fundamentado en el Derecho Canónico”.

De vuelta a Liberia

“Después me fui para Liberia. Celebro misa allá todos los días, y hace poco fui a visitar a mi hermana en Los Ángeles, durante cuatro meses.

“Sigo trabajando en Liberia. ¿Dónde va el buey que no are? Mi hijito, el padre con toda la razón, cuando tenga un huequito, me llama. Mientras tanto, celebro todos los días en el Colegio de las Hermanas de Santa Ana, en la capillita, a las 5 de la tarde, algunos días también a las 5 y media de la mañana, y los sábados a las 7 de la mañana. “Estos últimos años también he podido desarrollarme como poeta, que lo he sido desde siempre. Es toda una historia. Cuando estaba en Puntarenas, con ocasión de la fiesta de Mora y Cañas, en que hacen esa conmemoración, van los colegios hasta el parque Mora y Cañas, le piden al padre que diga unas palabras. Los muchachos no ponen atención para nada, se me ocurrió, ponerme a hacer un garabato, me puse a escribir un poema. Al año siguiente, la misma cosa.

“Después, Guadalupe Elizalde me ha dado clases. He tenido una tallerista. Cuando llegué al Seminario, se me ocurrió hacer unos versitos para fechas y celebraciones importantes. Escribo con métrica y rima perfecta. Ahora, hasta me invitan a los festivales internacionales de poesía. Es una maravilla. La vida me ha traído sorpresas, incluso ahora, ya de viejo”.

Inédito, junio 2005