El Negro en Guanacaste

A lo largo del siglo XVI Guanacaste exportó gran cantidad de su población indígena para que trabajaran en la minería del Perú, provocando una verdadera catástrofe demográfica que un siglo después redujo al mínimo la población nativa chorotega y dio auge a otra población que vino para quedarse para siempre: los afrodescendientes. Los primeros negros esclavos vinieron de África con los conquistadores, pero ha sido incierto ubicar la región de procedencia. Hacia fines del Siglo la población negra todavía era muy pequeña.

Una relación más estrecha entre nuestro país y la región central del continente africano se inicia en el siglo XVII con el arribo de oleadas de africanos, originalmente del Congo, la mayoría, y de Angola. Con el pasar de los años fue constante el aumento de la presencia de agrupaciones de mulatos y de pardos en la península de Nicoya y poblaciones aledañas con el fin específico de la defensa militar contra las constantes invasiones piratas. Estas nuevas poblaciones recibieron tierras por parte del Estado, como era costumbre en la época, ubicándose generalmente fuera de los centros de población. Ya para finales del siglo en Nicoya se habla de una población total compuesta por una minoría indígena y una mayoría afrodescendiente.

El obispo Morel de Santa Cruz, en su célebre visita a Costa Rica del año 1751, indicaba que prácticamente toda la península estaba habitada por mulatos, y que el mayor grupo de población indígena, que se consideraba así misma pura, “maltrataba” a los mulatos cuando se acercaban al pueblo de Nicoya, lo que hacía que estas poblaciones por un lado no pudiesen revivir los servicios religiosos, y que por otra se mantuvieran en asentamientos dispersos en las haciendas. Frente a esta situación el Obispo propuso la creación de un pueblo en el cual estas poblaciones pudieran asentarse. Tal petición fue atendida y se concretó en 1772 en lo que será la ciudad folclórica de Santa Cruz (bautizada así en honor de tal Obispo), junto al río Diriá. No cualquier imagen de Jesús es el que tiene más devotos en esta población, nos referimos alCristo Negro de Esquipulas, venerado más que por los “indios promesanos”, por la mayoritaria población afrodescendiente.

En la Carta Pastoral de otro Obispo de apellido Garret, que abogaba contra la esclavitud de los indígenas, y publicada el 9 mayo de 1711, descubrimos el primer grito contra la esclavitud que se escuchó en la región, a pesar que no se menciona a la población afrodescendiente. Aunque en Costa Rica la esclavitud oficialmente fue abolida en 1823, nunca fue muy significativa, debido a la pobreza, la dispersión de la población, la ausencia de minería como fuente de ingresos y su distancia de la capital centroamericana, Guatemala.

Un español “puro” que viajaba por Guanacaste en esta época describe a la población afrodescendiente con criterios racistas y discriminadores, apuntando que:

“Estos hombres… son indios tostados y oscuros… Su idioma es el castellano, pero tan corrompido con la lengua del país, que hace fastidiosa la conversación. En sus tratos son falsos, contestan con risa sospechosa, y en los precios procuran engañar, llevando por lo que venden el doble del valor corriente en la Provincia. Son tan vanos como miserables, y aunque profesan la Religión Católica, dan pocas señales de cristianos con restos extravagantes de idolatría, muriendo también sin auxilio espiritual” (Carlos Meléndez, “Viajeros por Guanacaste”, 1974, p.122). Esta visión denigrante y prejuiciada de la población afrodescendiente no ha sido muy superada desde en los últimos 200 años.

El mencionado crecimiento sostenido de la población afrodescendiente ha sido confirmado con un estudio de los bautismos de la época en las principales Parroquias ubicadas en lo que hoy es el territorio de Guanacaste y Esparza, que indican que entre 1712 y 1714 el 60% de los bautizados fueron mulatos y sesenta años después entre 1776 y 1779 el número de los bautizados había subido a un 90%. En otro estudio de los matrimonios encontramos que en 1771 un 63% fueron de mulatos. En Cañas el total de los matrimonios fue de mulatos. Y en 1779 en Bagaces, 24 matrimonios registrados fueron de mulatos y sólo uno de mestizos, lo que coincide con otros datos que señalan que casi un 100% de la población de Bagaces era mulata y negra.

La población afrodescendiente mayoritaria, aparecida el siglo XVII en Guanacaste en forma de milicias llamadas a defender la región de los ataques de piratas, y como mano de obra para las labores en las haciendas, fue convirtiéndose de alguna manera en la población de reemplazo a los originarios indígenas del lugar.

La narrativa histórica de Guanacaste ha sido conservadora y tradicionalmente no coincide con esta realidad demográfica, invisibilizando la población afrodescendiente en aras de favorecer la romántica e idealista folklorización indígena de la provincia, muy apropiada para quienes continúan negando el pluralismo étnico, que es la verdadera riqueza cultural chorotega-africana hasta hoy marginada. Aunque los mulatos y los pardos –es decir los afromestizos- se lograron asentar a lo largo de la región de una forma progresiva, su innegable presencia ha sido tradicionalmente relegada en la historia.

Un claro ejemplo al respecto es la letra del “Himno a la Anexión del Partido de Nicoya”, escrito en la primera mitad del siglo XX, que al igual que gran número de historiadores niega cualquier referencia a la población afrodescendiente cuando apunta en su primera estrofa: “Tienes tú toda el alma de Iberia y el altivo valor chorotega”. Este encruzamiento español-indígena que apunta no posee el sustento histórico que pretende.

La mezcla entre africanos e indígenas a veces es llamada “zambos” (término también usado para referirse a los negros que lograron huir de la esclavitud); mismo que en Guanacaste se le conoce como ‘cholos’“Este grupo fue lo suficientemente importante, como para dejar la huella de su cultura y su sangre, en regiones como la del Pacífico Norte”, apunta Carlos Meléndez. Por ello, no es de extrañar la presencia de múltiples vocablos africanos y de toponimias africanas en Guanacaste, en particular aquellas que hacen referencia al Reino del Congo: La sopa de mondongo, el quejarse por tener la timba (panza) llena, el miedo a que nos lleve candanga (el diablo), el angú (puré de plátano o guineo), ñame (tubérculo), cumbo (jícara grande), matamba (especie de palmera), morongo (morcilla), ñanjú (planta del Guanacaste), la panga (especie de bote), timón (especie de balsa), bogo (especie de bote), la cachimba (pipa de fumar), son solo algunos términos de nuestro lenguaje que tienen profundas raíces africanas y muchas de ellas, que hoy son parte de nuestro lenguaje cotidiano, se diseminaron desde Guanacaste hacia el resto del país. De la negritud heredada de esas primeras generaciones tenemos la marimba, símbolo actual del alma guanacasteca, y también el llamado quijongo, que no es sino el berimbau de los angoleses de Bahía (Brasil). El mismo consumo del vino de coyol (de la Palma) obedece a tradiciones africanas. Hasta el héroe principal en los cuentos de la maestra santacruceña María Leal y en todas las aventuras maliciosas que narra es siempre el conejo africano.

La coincidencia entre varias toponimias de Guanacaste y de la zona de influencia del antiguo Reino del Congo no deja lugar a dudas sobre las conexiones. Hasta el día de hoy, Matina es el nombre de un poblado de Mozambique, África y a la vez, un caserío entre los cantones de Nicoya y Hojancha, y qué decir de Cananga un barrio de la ciudad de Nicoya; y de Malambo, un cerro en el cantón de Santa Cruz.

En conclusión, queda claro que nuestro país, y particularmente Guanacaste, es multiétnico y pluricultural. En cuanto a la implementación de las obligaciones internacionales de Derechos Humanos, contraída por el Estado costarricense, en las que se determina la eliminación del racismo y todas las formas de discriminación, aunque estamos con una gran deuda histórica, como ha quedado claro, pareciera que en la provincia de Guanacaste el recorrido de la integración ha sido diferente, ya que la población afrodescendiente ha sido coparticipe del desarrollo de las comunidades y del protagonismo político, social, religioso, artístico y deportivo. Al diferenciarnos esta situación del trato discriminatorio a la población afrodescendiente ubicada en el Caribe, la población afrodescendiente del Pacífico Norte, la más antigua del país, continúa siendo invisibilizada en su aporte histórico.

Por. Prof. Ronal Vargas Araya